miércoles 19 de octubre de 2011

El General o Comida Anti-Justicialista.




La indignación nos hizo volver: tuvimos la brillante idea de comprar un cupón de descuento para ir a El General, telúrico restaurant de raigambre peronista en el que se suponía se vivía un buen momento en la historia de nuestro país acompañado de una parrilla decente.

No podríamos haber estado más equivocados.

En un primer momento llegamos y nos atendió una moza muy mal encarada que nos hizo elegir la mesa sin ningún atisbo de simpatía o sonrisa. Nos sentamos, el lugar estaba bien, pero tampoco era la gran cosa. Un salón grande y bien iluminado, con sillas de estilo bodegón antiguo y muchas fotos de Perón en las paredes. Fotos y nada más, eh, no esperen una reproducción del justicialista en el medio del salón ni un busto de Perón ni nada.

A continuación, la moza nos aclaró que la parrillada “solo tenía pollo y carne y verduras asadas”, cosa que nos resultó bastante extraña ya que en la promoción aparecía con otras elementos. Sin embargo, decidimos esperar y ver qué era lo que nos traían. Al mismo tiempo, para acompañar, pedimos una ensalada mixta (lechuga, tomate y cebolla).

Finalmente llegó la comida después de una espera bastante corta (aunque cabe destacar que éramos los únicos del restaurante). La parrillada era un espanto salido de las más profundas catacumbas del carbón: toda la carne estaba fría, parecía del mediodía (o del día anterior). Por suerte también tenía otros elementos cárnicos que hicieron que sea mejor: un chorizo que estaba muy bien pero tenía el tamaño de un micrón, una morcilla que, soprendentemente, era de las mejores que probé en esta ciudad donde ese hermoso embutido suele ser un enchastre de sangre mal coagulada y grasa. Las verduras asadas estaban decentes. Pero la carne de vaca era un bodoque inmundo con un montón de grasa blanca y fría. Y el pollo era duro y seco. Carne de ayer, bah. Y había un pedacito de matambre minúsculo y con sabor a nada.

Finalmente, la bebida era no un vaso de vino, no una gaseosa, sino simplemente “agua con gas o sin gas”. Y la ensalada estaba mal cortada y mal mezclada, cuatro rodajas de tomate picado grueso, unas cuantas cebollas y un poco de lechuga.

Ya predispuestos espantosamente por semejante comida, decidimos pedir la cuenta de nuestra ensalada y comer el postre en otro lado (habíamos pensado en comerlo ahí, pero la calidad nos había espantado tanto que desistimos). Llega la cuenta de la ensalada (repito: tomate, lechuga, cebolla en un bowl mediano tirando a chico): 25 pesos.

Ahí nos paramos e, invocando los principios de la justicia social y la independencia económica, pagamos y nos marchamos airados. No le recomendamos el lugar a nadie, especialmente a ningún compañero. Y encima les da excusas a los gorilas para decir que los peronistas cocinan mal y sin gracia. 0 paladares.

martes 22 de marzo de 2011

Ensalada Copada Fest 2011.


El concepto es muy sencillo: tomar la idea del asado tradicional y sabroso con muchas ensaladas y trasladarlo a un ambiente casero, sin la parrilla que nos provee de tan sabrosa delicadeza. En este caso, el asado se vuelve secundario ya que no tenemos brasas y lo importante se vuelve las ensaladas. De ahí el nombre.

Entonces: un pedazo de carne, al horno o a la plancha. En nuestro caso nos decidimos por unas buenas entrañas aunque cualquier corte que se pueda asar sirve y es sorprendente lo caras que son las entrañas, anteriormente consideradas un corte de segunda.

Pero lo verdaderamente jugoso en este caso son las ensaladas. En la foto de más arriba se puede observar:

- Ensalada de papa, roquefort y chaucha: se corta la papa en cubitos (con cascara), se la refriega con un poco de manteca semi derretida, que puede estar mezclada con alguna hierba. En nuestro caso usamos tomillo fresco. Luego se envía al horno hasta que esté lista. Mientras, se saltea un poco las chauchas en una sartencita hasta que queden tiernas. Una vez que ambas cosas están listas, se les pica roquefort (o “queso azul”, como nos obligan a decir los imperialistas franceses) encima y se las mezcla.

- Ensalada de pepino y tomate con yogur natural: lo más sencillo del mundo. Se corta pepino (preferentemente sin las semillas, que son aquello que hace que se repita) y tomate en cubitos, se mezcla con yogur natural (recomendado el Yogs, que es el que tiene el sabor más neutro) y vualá!

- Ensalada de tomate, albahaca, champignon y queso pategrás: se corta una vez más el tomate en cubos, el queso idem, se mezcla con albahaca natural (en este caso, hay que ser decisivo: la albahaca seca es un polvo, no una verdura, y no tiene el mismo sabor). El champignon se puede cortar y saltear con un poco de ajo y perejil, luego se mezcla con el tomate cubeteado y la albahaca y a gozar.

En estas tres ensaladas el componente especial es, como se puede ver, un lácteo. Otras opciones de ensalada pueden ser: repollo, gajos de naranja y pasas de uva; espinaca, tiras de pollo, gajos de pomelo y roquefort; o la más tradicional manzana verde y zanahoria. Como siempre, la imaginación es el límite.

lunes 13 de diciembre de 2010

Fuí a Arabia Por Una Porción de Hummus.

Provenimos de una provincia (Tucumán) que, por ventura, tiene una inmigración arábiga de gran importancia. Al igual que Santiago del Estero, por motivos que desconozco (¿será por el calor?), ha recibido un gran contingente de inmigrantes sirios y libaneses que, como es de esperarse, han impactado considerablemente en el panorama gastronómico. Para ponerlo de forma sencilla: en casi todos los bares de Tucumán, las sfijas (aquí conocidas como fatay) son parte de la carta básica. En casi todas las familias, hay alguien que sabe hacer tripa rellena, niños envueltos, puré de garbanzos, de berenjena y cuajada (o labban). Es parte del día a día, porque es barato, sabroso y llenador. A pesar de que por momentos es trabajoso.



Por ello, cuando llegamos a Buenos Aires una de nuestras primeras búsquedas culinarias giró alrededor de las delicias orientales. Como conclusión general: hay platillos que dejan mucho que desear en esta ciudad, cosa que no sabemos bien si tienen que ver con la diferencia fundamental entre el origen de la inmigración (hasta donde sabemos, la porteña proviene mayoritariamente de Armenia) o sencillamente en costumbres culinarias porteñas (como el miedo en la mayoría de los restaurantes a la comida muy condimentada y la falta de sal).

En líneas generales, las fallas son dos: los fatays son gigantes y tienen pimiento, lo cual es una falta de respeto a la tradición norteña, en donde se hacen solo con cebolla y tomate (y mucho limón en la carne). El pimiento les da un sabor amargo que no ayuda demasiado. El otro problema grave es el puré de garbanzos, que en general es desabrido. Siempre le falta condimento, limón y en algunos casos hasta procesamiento.
Más allá de ello, hemos probado en distintos establecimientos y lo que podemos decir es lo siguiente:

- Sarkis (Thames 1101, 4772-4911): es el más notorio, reconocido, de todos los restaurantes árabes – armenios de Buenos Aires. Pedimos una suerte de sfija en masa de hojaldre que no tenía gusto a nada y el puré de garbanzos era bastante malo. Pero, en entradas, también pedimos unos tomates secos hidratados en no sé qué que estaban buenísimos. Sin embargo y sin dudas, lo mejor son los platos de parrilla: pollo al fierrito, carne al fierrito y kebabs. Si los pedís completos te los traen con cebolla y un yogur bien ácido que es la gloria.



- Turquesa (Estado de Israel 4714, 48612102): uno de nuestros favoritos, por relación calidad – precio. Los fatay abiertos son muy buenos, no así los cerrados que adolecen del mismo efecto pastel de carne que las empanadas porteñas. El punto fuerte, sin duda, son las shawarmas. La primera vez que las comimos padecían de falta de condimentos, pero en la segunda oportunidad estaban mucho mejor, y además por 13 pesitos es una bicoca.

- Los Cedros (Sarmiento 3222, 4861-6006): nos lo vendieron como el gran y tradicional lugar del fatay y resulto ser bastante de porquería. Fatays grandotes que nos cayeron para el orto y tardamos como una semana en comer.

- Demashk (Charcas 3816, 4833-6699): uno de los mejores, sin dudas. Muuuy barato, similar a Bulo Bar, un sucucho de Tucumán con mesas en la calle que hace pizza de sfija (una delicia con carne molida bien condimentada encima de una pizza). Pocas mesas, sobre la calle, barrial en uno de los barrios más chotos de la Capital (Palermo). El shawarma es glorioso y hacen un yogur con nueces y alguna otra cosita que no recuerdo que es una delicia.

- Habibi (Humberto Primo 517, 4300 7172): correcto, de buena calidad, no recuerdo exactamente su comida (lo cual, en realidad, es malo) pero tienen unos menues bien económicos que sirven también los sábados y que abaratan mucho la comida. Sin embargo, nosotros fuimos un domingo y terminamos gastando 100 pesos (lo cual es mucho hablando de comida de esta naturaleza) y pagando una cerveza carísima.

- Dody (Rodríguez Peña 1136, 4812-3331): otro que tiene el mismo espíritu al paso y rápido que, en definitiva, es el verdadero espíritu de la comida árabe. Lo bueno es que aquí, finalmente, al fatay le dicen sfija, ¡y que está bastante bueno! El kippe, si bien no lo probé, parecía tentador, aunque un tanto caro para la porción que te traen. El shawarma es muy bueno también, y tiene una barra para comer sobre taburetes, nada más popular y encantador.

sábado 27 de noviembre de 2010

El peruano de mi vida


Al provenir del norte, la palabra tamal no asusta, pero al casi no tener ríos con hábitat decente para los dulces y tiernos peces o salida al mar, una jalea se vuelve un continente.
La primera vez que comimos esto fue en Status, un peruano de la calle Virrey Ceballos al 100, llevados por el ya primer habitante de littletucuman, Chapa.
Jalea es un nombre arriesgadísimo, que lleva a imaginar algo pegajoso y de algún color parecido al rosa. Nada mas alejado, una montaña de rabas y tentacúlos , pescado y un par de papas, todos ellos rebozados en harina y fritos, acompañados de minimontaña de ensaladina de cebolla y cilantro, más la salsa picante de rocoto, que es el cielo mismo.
Después, en todos los restaurantes es básicamente lo mismo, varía la ensaladita de cebolla y cilantro (puede incluir tomate, choclo, lechuga ) y en como te sirven el maíz tostado gigante (aparte, como pochoclo, junto o o ambas o ninguna).
Es un plato para 2 o 3 personas y no hace falta pedir mas nada o más ensalada.
Otra cosa que me genera curiosidad es el vínculo peruano-chino-oriental de los restaurantes del Abasto, ej: Chaufa (arroz salteado con vegetales) es igual a Chau Fan de cualquier chino amigo. Con todas las variantes es parecido, y me pongo a leer, y todos los negocios remarcan la doble nacionalidad más la criollez. Es al menos simpático.
Platos a pedir en caso de adentrarse y gustarle: Picante de mariscos, salteado de Lomo, Picante de mariscos, todos acompañados con timbales de arroz y algún tipo de papa, y si gustan de un buen corazón, Anticucho. El ceviche me dá un poco de miedo recuerden que soy del cerro, un coipo capaz, pero me voy a superar ordenándolo antes de fin de año.
Las gaseosas son la Chola de Oro, o Inka Cola, o Dorada; líquidos con una exagerada cantidad de azúcar y colorante; ah! claro son gaseosas, bueno eso, color amarillo flúo.
Siempre recordar que de un plato comen dos hasta quedar pipones.
PD: nunca fui a machu picchu.

We are of peace. Always.

viernes 5 de noviembre de 2010

El Pizzathön I.

Hace un par de meses, se nos ocurrió una idea que sonaba genial, vanguardista y revolucionaria (al menos al respecto de nuestros talles): organizar un Pizzathön, una competencia de resistencia diametralmente opuesta al espíritu de aquellos viejos griegos (todos putos) que corrían y saltaban y nadaban en diversos acontecimientos deportivos que nada nos interesan hoy en día. Una inversión perversa, traducir los músculos fuertes y tensos por panzas fofas y hermosas.

Luego de una intensa campaña que incluyó un par de pasos en falso y la aparente, por un momento, suspensión del asunto para siempre, logramos reunir a un animado y hambriento grupo (nosotros no habíamos probado bocado desde la noche anterior) para surcar las grandes avenidas porteñas en búsqueda de la masa y el queso que tanto nos merecemos.

El recorrido de este primer Pizzathön fue más bien tradicional y abarcó las grandes pizzerías de Corrientes más una situada en Callao a al cual le tenemos especial aprecio. En cada una se consumió solo una porción de muzzarella, motivo por el cual algunos nos considerarán débiles de espíritu, seguro. Luego de salvar nuestros hígados con el poder de la oración, esto es lo la concurrencia opinó:

Allegria (@comagelatina):

Me salió una ampolla en el pie por que no había usado los zapatos nuevos para caminar, pero al margen de eso fue muy esclarecedor el evento para modelar mi gusto por la pizza de la ciudad.

Mi breve valoración en escalas
1- Las Cuartetas: es la más contundente pero con buen corazón.
2- La Americana: me gusta el punto en el que no te quieren asesinar instantáneamente, porciones más chicas pero bien gustosas y la masa a pesar del prepizzismo es esponjocita, y queda cerca del barrio y es probable que algún día me case con ella.
3- Guerrin: bastante más grande y tiene bastante queijo (con notas de vaca lechera de la zona oeste de santa fe alimentada con hiedra) ((fuerte)) (((:P))) pero la masa es bastante pobrecita, y como es mi métier debo decir que tenía gusto a levadura (se le pone mucho para hacerla más rápido).
4- Last and least, Banchero: yo configuro mentalmente masa salsa queso, no masa queso salsa, porque se me vuelve más acuoso el mundo. De todos modos no es solo eso, vale destacar que las salsas son distintas para pasta o pizza y esta tenía gusto a salsa de canelones.
He dicho
Me cope un poco al final, pero si quieren hacer su escala estaría muy bien así la subimos
Besos abrazos y queso chorreante



(La Americana)

Dario (@jujyfruits) (quién no fue pero cuyas opiniones estimamos):

Es una lástima que no llegaron al palacio de la pizza. Empecemos a armar la próxima y pasamos por un par de pizzerías diferentes. El palacio es muy buena y tiene la mejor pizza de provolone de corrientes. Los inmortales se podría agregar al recorrido y también desviarse unas cuadras para El Cuartito.
Está bien tu lista, Carla. aunque creo que yo pondría a Guerrín arriba de la americana y no le daría tan duro a Banchero, aunque es cierto que, tal vez porque fui mucho y me aburrió, tal vez porque empeoró, me parece más floja que las demás de corrientes (pero no incomible).

@__jonesy_:

1. Cuartetas, coincido con la Carla. Contundente, un cross de grasssa directo al paladar.
2. Banchero, nostalgia y salsa. A mí la salsa sabrosa me cabe y debo reconocer que el 70% de mi cuerpo está hecho de pizza de Banchero. Hivemind de pizza.
3. Guerrín. Solía ser una pizza medio de mierda, levantó el nivel. Merecido 3er puesto. Gran queso.
4. Americana. Pizzeta de cumpleaños infantil. Sigo sin entender cómo es que fue parte del itinerario, debe ser que los tucumanos están auspiciados por ellos o algo. No le deseo esa pizza ni a mi peor enemigo. Me quedo con la Continental o Kentucky.



(Guerrin)

@juje80:

*Disclaimer: La última de las pizzerias que conocí, de todas las que recorrimos, fue La Americana. Así es que es de la que menos comí...de todas formas, si bien parte de mi listado está condicionado por esto, creo que puedo ser medianamente objetivo.

Basta de cháchara:
1.- Americana: si bien las porciones son más pequeñas que el estándar, también son más baratas. Queso gustoso, salsa suave pero con personalidad, masa esponjosa pero cercana a la prepizza que venden en las esquinas de Tucumán (quiero ver lo mismo en #littletucuman).
2.- Cuartetas: Es la más cara, y eso al momento de degustar pizza al paso es un tema importante. Sin embargo es una de las que más me gusta. Aunque el ejemplar que me tocó a mí no era el mejor exponente, en las mejores condiciones, creo que pelea palmo a palmo con las mejores de BsAs.
3.- Güerrin (guerrin o ghuerrin): es la que más personalidad tiene. Su sabor es diferente a todas las demás y ninguna se acerca ni en pedo a esa marca registrada. Sin embargo, para mi es una bomba. Nunca como más de dos porciones en Guerrin porque muero de indigestión. Pro: media masa pero crocante, mucho queso y sabroso, una salsa muy con mucho ajo. Contra: cuando no está bien cocida o medio fría es una bomba, su salsa es tan peculiar que cansa rápido.
4.- Banchero: claramente es un canelón. Mucho líquido, la salsa no aporta nada y el queso casi ni se siente. La masa es lo único peculiar. No sé si tengo mucho más para decir...mi experiencia me demuestra que con el correr del tiempo la calidad fue bajando y sus precios subiendo.

Hasta aquí mis conclusiones sobre la degustación de pizzas (mejor conocido como #pizzathon)...espero que se repita con mas queso y más cerveza.

@martianz:

Yo llegué pa' los postres. Igual, las he probado en otras ocasiones y:
1. Cuartetas.
2. Guerrín.
3. Americana.
4. Banchero.

Quiero un #PizzathonII.



(Las Cuartetas)

Amadeo (@snark84):

1) La Americana: no sé, tengo debilidad por la Americana, quizás porque fue donde arrancamos y estaba famélico. Me cabe su consistencia suficientemente grasosa y blandengue pero sin ser mazacote ni deshacerse. Creo que me gusta su condición de cuasi pre-pizza, por amor atávico. También es una bomba con tabasco. Y tiene una re buena relación precio / calidad. Sin embargo, es cierto que las porciones son más chicas y que es como "pizza genérica" a veces. Pero bueno, tiene mi corazón.
2) Las Cuartetas: sin embargo, si nos atenemos al método científico, aquel patentado por el ingeniero Jones, esta es la mejor, sin dudas. La cantidad de queso, para el momento en que nos tocó comerla, fue hasta obscena y difícil de masticar y digerir. Pero tiene esa cosa gustosa y llena de aceite. Además, yo me hago el qué pero bien que me gustó la fugazzetta rellena de la Mezzeta.
3) Guerrín: creo que me gusta más de lo que este listado augura. Tiene esa costra amarilla y quemada encima que es me está haciendo engordar de escribirla, tiene mucha salsa, y las porciones son más que abundantes. Es una estupidez que Banchero, a media cuadra, sea más cara, nadie puede preferirla. No sé si es tan pesada como dice Juje, creo que Las Cuartetas gana en eso por lejos.
4) Banchero: para mi es bastante mala. No tiene consistencia, no tiene mucho sabor, no tiene mucha onda ni mucho queso. Es un meeeeh. Capaz que era muchísimo mejor y decayó. Espero que Jones no me ataque y mate por esto.

El próximo debería ser Palacio de la Pizza - Los Inmortales comprado para llevar y comido en la calle - El Cuartito y no sé qué más.

@juje80:

El próximo debería ser Palacio de la Pizza - Los Inmortales comprado para llevar y comido en la calle - El Cuartito y no sé qué más. Yo sumo: PinPum - La Mezzeta - Angelin - Burgio (circuito 168)



(Banchero)

Próximamente: Pizzathön II – Esta vez es personal.



(Gente laburante)

jueves 4 de noviembre de 2010

Cerveza y whisky


gustavo dice:
hola, q contas?

Jp dice:
tomar whisky y cerveza es lo meejor
estoy disfrutando de una gran revelacion
un vaso grande de cerveza uno chico de whisky

gustavo dice:
ja, cual?

Jp dice:
es la formula del exito
mujeres, fortuna

gustavo dice:
cerveza con whisky? q grande
hay mujeres alli?

Jp dice:
es lo q le hace falta a la cerveza
cuando relaja y cuando parece q estas llenandote de liquido
entra el whisky a decir q el acohol esta aca

gustavo dice:
yo estoy disfrutando de la mejor gramática alemana combinada con su siempre tentadora fonética.... un paraiso tb

Jp dice:
y entra como en esas carreras q se pasan un palito, q corren en equipos, atletismo
asi, al ritmo, bien, suavemente

gustavo dice:
ja

Jp dice:
y ademas me siento mas hombre

gustavo dice:
pero no hay mujeres cierto?

Jp dice:
es lo mejor tomar cerveza con whisky
no, ni cerca de haber una mujer

gustavo dice:
y si, tal vez la cerveza y el whisky disimulen esos escazos 10 cm de pene y te ayuden a saber lo q se siente ser viril
cerveza+whisky - mujeres =hombría

martes 26 de octubre de 2010

Esto iba a ser un post sobre lo que como en el trabajo.



Si no disfrutás mucho tu trabajo, la hora del almuerzo se convierte en un momento clave de la jornada laboral. Si en la oficina pasás varias horas sin hacer mucho más que boludear en twitter y leer blogs intercalando alt-tabs con un pdf o una planilla de excel genéricos cuando se arrima algún superior, entonces el momento de la comida cobra importancia por muchas razones.

Primero, porque uno a las 13:30 llega con hambre, y comer es la solución perfecta al hambre, como todos saben. Aclaremos esto, tenemos hambre por un lado, y la acción de comer por otro. El hambre como algo negativo, feo, malo, y la acción de comer como que indudablemente es bueno, porque si está rico te hace sentir cosas lindas adentro y además es bueno para el cuerpo, según un médico consultado en la investigación previa de este post. Entonces, comer implica anular progresivamente los efectos negativos del hambre mientras disfrutás de los beneficios ligados a la alimentación, lo cual convierte a este proceso en algo sumamente placentero, a pesar de su simpleza.

Bueno, venía enumerando las razones por las cuales es bueno comer en el trabajo (la anterior se cumple fuera del trabajo también, señora).

En mi caso, es de los pocos momentos-oficina en el que hago algo que disfruto y que tiene un sentido, y que no está sujeto a ningún tipo de juicio negativo por parte de mis superiores. O sea, nadie puede poner en duda mi derecho a comer en el trabajo, ni lo absolutamente necesario de esto para la institución a la que presto mis servicios.

Por lo tanto, es placentero, me quita el hambre y le da sentido a una hora de escritorio, sentido del que muy probablemente carecería en otra circunstancia.


Desde que empecé a almorzar en el trabajo, mi comida favorita siempre fue la tarta de calabaza. A pesar de que consumo mucho cualquier cosa atravesada por el ingrediente calabaza, esta tarta es especial.

Solía comprarla en un bar de la esquina, en Córdoba y Esmeralda. Alta y con poca masa, fina masa que prácticamente desaparece ante la abundancia y el intenso sabor del relleno. Y sobre el relleno, aquí está la verdadera clave de la calidad de mi tarta: la distribción de queso y calabaza en el total. Estamos hablando de un 35-65, 35 calabaza 65 queso. Entonces, también estamos hablando de una grosería de tarta, de una fiesta de queso muzzarella aceitoso y derretido adornado con ligera capa de calabaza. Además, un buen bonus es la cubierta gratinada. Las secas y semi-crudas tartas sin gusto de mi niñez habrían palidecido aún más ante la sola mirada de este coloso de queso y calabaza.


Este fue mi almuerzo durante los primeros 4 meses de trabajo acá. Sin embargo, hace 2 semanas que discontinuaron la producción de tartas de calabaza en el bar de la esquina, y hace dos semanas que mis almuerzos son un poco más aburridos y tristes.

No sé si en los cierres de etapas uno está más proclive a la búsqueda de símbolos tipo moños o candados para lo que se termina y de ahí el tono dramático alrededor de mis sentimientos hacia mi tarta. De lo que estoy bastante seguro es que esta va a quedar asociada a una época de mi vida en la que hice muchas cosas intensamente. Comer calabaza y queso fue una de ellas.


domingo 26 de septiembre de 2010

Le Grand Croque-Madame.



Una receta para un sándwich sencillísimo, pero maravilloso, que cumple a la perfección aquella máxima de “Julie & Julia” de que “nunca podes tener demasiada manteca”.

El croque-madame es un sándwich francés clásico, que se sirve con un huevo frito encima. En Tucumán existe el “mexicano”, sándwich de jamón, ternera, queso y tomate en pan de miga con un huevo frito encima.

Esta versión se realiza de la siguiente manera:

1. Derretís un poco de manteca.
2. Agarrás pan lactal.
3. Le untás manteca por dentro y por fuera. Ambas capas.
4. Lo rellenás con queso de barra y fiambre de lomo, esa versión ahumada y distinguida del jamón cocido.
5. Lo metés al horno en una placa.
6. Mientras, freís un huevo por cada cuadrado de felicidad. La idea, para mí, es que queden bien secos, porque me gusta cuando la yema está cremosa y no líquida. Pero puede ser un río de yema si a ud. le place.
7. Se sacan los sandwichs del horno y se cubren con el huevo. Se sirven con jugo de naranja.

La merienda de bar, versión distinguida.

viernes 17 de septiembre de 2010

Hola langostinos! Cenando en el Jardín Japonés.


Es un re lindo lugar para comer el Jardín Japonés. Un ambiente re tranquilo, con pocas luces y decoración con... cosas de madera... ehm, con cosas de papel también, y rayitas chicas, y pocos adornos y colores. No sé, bueno, todo eso japonés que queda lindo. Además, estábamos sentados al lado de la ventana, con vista al jardín ligeramente iluminado. Está lindo el Jardín Japonés, lindo, lindo.

Aprendí a usar los palitos para comer, y esto es muy importante. No fue gracias a la práctica, en absoluto, sino una consecuencia directa de la agudización de mi observación. Absorbí el mecanismo con tan sólo mirar el movimiento de las manos y los palitos en la mesa de al lado mientras esperábamos que nos sirvan. Lo mismo me pasó con el ping-pong. Todo por ver un partido en la tele, y entender el movimiento de los brazos de los jugadores al pegarle a la pelota. Así, pasé de ser un inútil importante, a campeón invicto del torneo de ping-pong de vacaciones de invierno 1992 del Hostal del Sol en las Termas de Río Hondo.

Comida! comida! hablemos de comida! Probamos una serie de platos, en pequeñas porciones, estilo picada. Primero, de aperitivo, una tacita con repollo picado, aceite y limón. De entrada, empanaditas de cerdo al vapor, brochettes de pollo frito y verdura y langostinos con más verduras, rebosados y también fritos. Sushi de plato principal uno y pollo frito con arroz con verduras plato principal dos. Al final, postres, té y masitas.

Lo que más me gustó:

Langostinos, grandes y fritos langostinos. Me dieron un breve instante de felicidad al probarlos, junto con la fugaz ilusión de realeza que te regala un plato repleto de esas elegantes colas rosadas apuntando al cielo (no eran tantos como luego pude comprobar, sólo tres o cuatro bichos).

Disfruté mucho el salmón del sushi, y eso que este tipo de cocina está lejos de ser una de mis favoritas. Estoy seguro que la salvaje lucha a muerte entre unos chotitos circulitos de sushi y un pesado y perversamente jugoso bife de chorizo duraría sólo pocos segundos a favor de nuestro carnoso héroe local. Entonces, no es que no me guste el sushi, al contrario, sólo que siempre pierde en la comparación con casi todo lo que compone mi dieta, por lejos. Sin embargo, este salmón es un pescado superior, el rey de los pescados. Casi no respiré mientras todavía quedaba algo en la mesa. Dulce, suave y sensual carne rosada.

Además, la salsa de soja es la más rica que probé, aunque sólo compite con esas baratas del super. Tenía un sabor más complejo, que se siente en toda la boca, y con un toque de gusto a café super bueno.

Pedimos un buen Malbec. Tanto pescado supuestamente debería haber estado acompañado por un vino blanco, pero al pingo el maridaje, como dice Cecilia que afirma una señora que tiene la mejor nariz del mundo o algo así. Debe ser una naríz gigantesca, y sabia, una nariz llena de sensibles pelos que te predicen el futuro y te dicen hace cuántos días que no te lavás los pies. Oh salve reina nariz! mi señora, madre de todos los mortales!

Y... yo no estoy tan seguro de eso que no importa el maridaje y que caduno con lo de caduno, pero me pareció divertido lo de la oda a la naríz. De todas formas disfruté mucho el vino.

Bue, salvo el sushi y esos bellos langostinos muertos, el resto estuvo por debajo de mis expectativas. Sobre el resto de los platos:

Las empanaditas de cerdo al vapor eran muy parecidas a las que venden en las rotiserías de nuestros queridos y chinos amigos exiliados y financiados por la mafia de los portones azules. No puede ser que siendo una masa tan blanca sea demasiado rica. Y no lo era. Digamos, estaban bien, pero poco sabor. Además, les chorreaba esa agüita medio caldeada sin gusto a nada que me parece termina diluyendo aún más el ya suave gusto del chanchito.

Las brochettes de pollo frito con verduras estaba bien, aunque tampoco me hicieron tirarme al suelo a revolcarme en mi propia saliva.

Otro pollo frito más, pero rebosado, acompañado por un arroz con verduras. Nada extraño, ni exótico u oriental sobre ese plato. Tampoco tenía sal.

El momento del postre incluía:

Helado de sésamo. Estaba rico, de sabor bien intenso, me quedó dando vueltas en la boca un buen rato.

Té verde. A pesar de que nunca me gustó demasiado, era un buen té verde. Bien cargado, de gusto similar a la coca. Era como tener un jujeño coqueando, enterito en mi boca, como aquella vez...

Todo esto acompañado por masas japonesas. Demasiado suaves y migosas. Eran, básicamente, dulces (no muy dulces) hechos a base de un poroto japonés, envueltos en una especie de pan parecido al de pancho, de un paquete de Fargo abierto la noche anterior. Es decir, mucha miga seca. Las masitas, entonces, una mariconada.

Al final creo que comimos bien, bastante bien considerando que sólo me costó los $10 que le dejé de propina a la simpática moza argentina aún no mutada en japonesa como la que atendía el otro sector de mesas. En serio, esa otra moza se estaba transformando, no puedo explicar por qué -por ahora-, pero era notorio. Sus ojos, entre estrechos y saltones, y su frente amplia y prominente, la convertían en un engendro argentino/japonés que debería levantar sospechas sobre lo que verdaderamente ocurre en esa cocina. La no mutada nos trató bien.

Ah, el precio! quería hablar de lo caro que era: muy caro. La suma de todo lo ingerido alcanzaba casi $400. Es verdad que era mucha comida, yo salí arrastrándome y, en promedio, fue una rica cena, pero hay buenos y llenadores bifes de chorizo a $25. En síntesis, si la señora tiene ganas de salir del menú habitual y de gastar una cantidad pornográfica de dinero, entonces el restaurante del Jardín Japonés es una gran opción.


jueves 2 de septiembre de 2010

Las recetas económicas de Doña Kürti Miklós o Cocina Molecular.



Tengo una novia periodista que liga invitaciones a restaurantes a los que pocas veces se me ocurriría ir si tuviera que pagar. Gracias a ella, una noche candidata al chau fan mixto del Chino Rico o a la nutritiva bondiola en la parrillita de Moreno y Pasco se convirtió en una visita a un restaurante de comida molecular. Luego, en una invitación a escribir en un blog de comida.

El lugar se llama Aramburu y está ubicado en Constitución, "una zona original y no convencional" como dice su sitio web. Por fuera nada, un frente oscuro que puede haber sido de bar de barrio en otra época. Por dentro pocas meses, lamparitas en cada una, luz moderada, ambiente íntimo/incómodo, paredes llenas de cuadros medio feos y $220 promedio por persona según una moza seria, solemne y siempre apurada que nombraba demasiado rápido los ingredientes y los nombres de los vinos servidos.

Si le metés “cocina molecular” en google te encontrás con un par de ideas interesantes. Tampoco leí tanto, más bien poco, pero más allá de los hornos especiales y los polémicos químicos utilizados, está bueno lo de poner a la comida en el lugar de objeto de investigación científica. Entender exactamente qué es lo que pasa con los ingredientes durante la cocción y a partir de ese conocimiento manipular los sabores para enfatizarlos. Suena bien. Uno piensa en milanesas manipuladas para ser super blanditas o helados de dulce de leche con... extra/mega dulce de leche! ROBOTS GIGANTES HECHOS DE HELADO SUPER DULCE!!!, etc.


De esta idea, supongo, no se desprende directamente el estilo de presentación, las porciones minúsculas y el escatimo de condimentos que, por el restaurante al que fuimos y por lo poco que leí por ahí, terminan siendo las características más visibles de este tipo de cocina.

La cocción al vacío y durante muchas horas es lo que más llamó la atención de lo poco que nos decía la moza antes de irse corriendo a atender otras mesas, integradas por clientes que sí pagaban por sus platos. Llamaba la atención porque yo a la milanesa la hago en menos de 10 minutos y a veces me sale medio seca. Pero se supone que estos métodos conservan los jugos de la carne y los sabores, nada que interese mucho si lo que te terminan sirviendo es un jugoso pedazo de carne sin gusto a nada.

Bueno, ahora vienen los detalles sobre los platos. Fue una comida en pasos, o etapas, no me acuerdo qué nombre le ponen, pero se trataba de un plato tras otro, tras otro... cada uno con un tema según sus ingredientes: “desayuno” (huevos, tocino, miel), “el conejo en su bosque” (conejo y cosas verdes), pesca del día (no era un tema, era la pesca del día nomás), “asado” (carne, morcilla, papas, morrón y provolone) y postre “del norte” (arrope y no me acuerdo qué más). Además, servían un aperitivo inicial que consistía en palitos clavados en una piedrota, cada uno con algún puchito de comida en la punta y acompañados por un vasito con sopa de zanahoria.

Hay que reconocer que realmente no había nada seco en ninguno de los platos, así que la cosa esta del vacío o la cocción larga cumplían sus objetivos. Estoy hablando de un nivel perfecto de jugo, eso estuvo bien. De todas formas, ponele sal.


Mucho adorno. La piedrota y los palitos eran atractivos, a mi abuela le hubieran encantado. La espumita (sí, espumita) sobre el pescado quizas nos distrajo un poco de que hasta el propio pez en vida estaría ofendido por lo insulso del sabor de su cadavercito. El pescado fue el plato más flojo.

Lo mejor: buen vino, grandes, grandes vinos. Uno por cada paso (o par de pasos). Yo tengo el olfato medio muerto, pero igualmente le sentí muchísimos aromas distintos mientras le acercaba la nariz a la copa. La moza nos dijo los nombres rápido, así que no llegué a acordarme más que “Malbec Lamadrid” y un Torrontés de Cafayate obra de una sommelier supuestamente famosa. Muchos vinos blancos suaves con mucho olor a cosas, o fuertes (el Cabernet) pero sin rastros del gusto a alcohol de esos vinos amigos de menos de $15. Un Torrontés que me hizo a acordar a Tafí del Valle, en Tucumán, el único lugar donde tomé Torrontés antes (varias veces y con borrachera incluida). Entonces por este lado bien, pero nos podrían haber llenado más la copa.


Otras cosas que me gustaron: un paté de res, cordero, buey o algo así, en una cuchara doblada. Se servía con un arándano y una florcita amarilla encima. Un solo bocado con 3 o 4 sabores siguiéndose uno al otro. Primero algo cremoso, después el sabor fuerte de la carne y luego un amarguito dulce y jugoso del arándano. Igual, masticar eso ocupó 10 segundos en una cena de hora y media.

La carne tampoco estaba tan mal. Servida en la etapa "falso asado" junto con un “crocante” de morcilla (así como suena), “papines” (papas minúsculas) y salsitas de morrón y provolone. También cocinada al vacio y en apariencia crudísima (super rojo fosforecente), estaba bien cocida y con una consistencia de budín de pan super espeso. Muy extraña, blandita, una vaca muy relajada, suave, ligera de sal, pero jugosa. Con un líquido que le haría honor al jugo de carne, si tal bebida existiera y fuera rica. Algún día, algún día.


Para terminar, un par de cosas que no estaban tan ricas pero llamaron la atencion:

- El crocante de morcilla es la morcilla que comerían los astronautas. Si existiera la garrapiñada de morcilla esto es lo que quedaría en el fondo de la bolsa cuando ya te comiste todo.

- Un conejo cocinado no sé cuantas horas, 8 ponele. Bien de sabor pero suave, suaaave, ligero, maricón, como purecito de conejo para bebés. Si me lo cocinaban media hora y lo pisaban con un tenedor no sé si me daba cuenta. Lo que quiero decir es que me llamó la atención lo de las 8 horas, nada más.

Me gusta mucho comer, y me gusta comer bien. Pero quizás no tenga paladar para estos sabores suaves, sugerentes, para estos Kim Ki-duk hecho comida. A mi me gusta la sangre, las películas con Stallone, Schwarzenegger y Bruce Willis juntos, o el porno, o los cirujanos locos que unen personas para hacer tractos digestivos gigantes. O sea, me gusta el exceso de condimento, el picante y las comidas que chorrean aceite. Pero salí de ese restaurante con la sensación de que nada de lo que comí tenía gusto y, además, con hambre. Creo que después me mandé un par de chocolates, o realmente quise chocolates, o realmente quise una hamburguesa, no me acuerdo.